¡Eres un esqueleto rumbero!

Bueno, por lo general, los cubanos cuando tenemos un desentendido no somos en exceso educados. Algunos apelan a las palabrotas, alardean, manotean y amenazan con comerse el mundo en un solo bocado. Sin embargo, a veces, cuando la camorra no es tan grave, o sea, no pasa de la preparación artillera, del chapuzón, apelamos a una serie de frases irónicas y simpáticas para, de todas maneras, pisarle los cayos a nuestro interlocutor, el que termina poniéndose más rojo que un tomate. ¡Y con razón!

A diario escuchamos dichos como este: «Hijo, la verdad es que tú no eres ni la chancleta de fulano». Lo que equivale a decir que vales poco o, en realidad, casi nada. Aunque, si es al revés: eres inteligente, presumido y muy preocupado por tu apariencia y tus modales corres el riesgo de caer, igualmente, en la lengua de la gente. «¡Bah…! ese es un postalita, no hay que estar dándole mucha importancia». De todas formas, en esto de ser un dandi no hay que exagerar, porque si te pasas de campeón sin muchos méritos que te avalen cualquiera puede comentar sin el menor rubor: «Amigo, tú  eres más rollo que película».

Así y todo las expresiones festivas que hemos visto hasta ahora no le llegan ni a las rodillas a otras más temidas como «estás en la fuácata» o «eres un esqueleto rumbero», las cuales le anuncian a todos que andas falta de caldero o no tienes ni un centavo para comprar el pancito o bolillo de la bodega, el abarrote mexicano. Y ni hablar del maestro que, desesperado por los derroches de su poco habilidoso alumno, y ansioso por ayudarlo, le grita a salón lleno: «Tú no sabe ni pitoche». Y a propósito de los escolares, a los inquietos, hiperactivos, insoportables, se les llama jiribillas, mientras que los hijos consentidos de papá y mamá, sin maldad, tontos, tienen que conformarse con ser unos bitongos.

Ser una chancletera en Cuba significa que eres una dama grosera, vulgar y escandalosa (algo abundantes por desgracia); la voz picúo, se refiere, por el contrario, a los tipos algo distantes y pesados que… «se creen cosas», soberbios; el término paquetero retrata a la perfección a los sujetos exagerados y mentirosas que, según ello, «se la saben todas» y la mortífera palabra guataca o chicharrón denuncia a los aduladores que durante la neorrepública campearon por sus respetos dentro de los partidos políticos y durante las fraudulentas contiendas electores (todavía hoy quedan muchos tapaditos).

No obstante, el asunto se pone aún más juguetón: cuando vemos a un ser humano que tiene pocos valores, murmuramos: «Ese es calcañal de indígena»; si está algo atolondrado le endilgamos el cartelito de turulato (con guayabitos en la azotea) y si es poco avispado lo calificamos de zocotroco o ñame con corbata, sin la menor consideración. En este catálogo también aparece la voz sopenco, destinada a los miedosos y mequetrefes, y la expresión «solo le queda el casco y la mala idea», dedicada a los viejos verdes acabados, hechos talco que, por fortuna, no tienen ninguna relación con los fulastres que no cumple lo prometido y engañan a todo el universo.

Uno de mis primos cometió el error de intervenir demasiado en los asuntos de la casa y de hablar más de la cuenta de la vida privada de la familia  y casi lo mandan al paredón. Primero, lo acusaron de ser un bemba de trapo, o sea, un chismoso de marca mayor, y más tarde su propia mujer le gritó en el portal de su vivienda que era un fastidiosos cazuelero, porque se metía en las conversaciones de las mujeres y se pasaba el día tratando de corregir los más mínimos detalles que andaban mal en el hogar (desde la intrusa telaraña hasta el polvo de las sillas o  las repisas). ¡El pobre!

No mucho mejor le fue a cierto joven que conocí durante mis estudios de Pedagogía. El muchacho era en extremo despistado y algo lerdo. Sin ánimo de criticar, puedo asegurarles que el aserto de que «come lo que pica el pollo» le venía como anillo al dedo. Jamás sabía cuándo había tarea y ni siquiera asistía a los exámenes. El colmo fue que, furioso por las críticas que le hacíamos, se metió a trompeta y nos denunciaba cuando fumábamos escondidos en los baños o nos comíamos un dulce de más en la merienda. Al final, su papá le dejó un carrito de medio pelo al morir y fue tan mal conductor que empezaron a vocearle en todo su barrio: ¡Paragüero… paragüero….!

Un vecino de Playa, camionero de profesión y filósofo de cuna y marabú, me dijo cierto día que él prefería que le hablaran claro si hacía algo incorrecto a tener que soportar algunas de estos picantes enunciados que casi siempre le persiguen a uno durante toda la vida y que, por suerte, son empleados por sectores minoritarios de la población de la Isla.

—¿Paquetero o guataca? ¡Qué va!, mejor agarramos el toro por los cuernos, Loco, y ahí mismo resolvemos el asunto, me insistió una noche de dominó, algo furioso, después de que su hijo lo acusó de tener una «guanajita echá».

Orlando Carrió

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